Mi muerte

Pienso en mi muerte constantemente, casi todo el tiempo. Pienso en cuándo será, cómo será, cómo me sentiré con el transcurso de mi vida hasta ese momento; qué cosas atesoraré, a qué personas recordaré antes de dar mi último respiro. ¿Me sentiré satisfecho con la vida que llevé?
Me haré la pregunta de si fui feliz, y me intriga conocer la respuesta. ¿Qué arrepentimientos se agolparán en mi cabeza mientras esté postrado en una cama esperando el final? ¿Tendré acaso la oportunidad de reflexionar sobre todas estas cosas y mirar atrás con nostalgia? ¿O sucederá todo súbitamente, en medio de una rutina que hace sentir que todos los días son iguales, excepto porque ese día tendrá una pequeña variación en mis planes?

Si todo volviera a empezar, como en el Eterno Retorno de Nietzsche, ¿me sentiría emocionado por volver a experimentar mi vida otra vez?
¿Qué estoy haciendo con mi presente que me permita llegar a un estado de satisfacción conmigo mismo al momento de despedirme?

Pienso en mi muerte constantemente, y no me malinterpreten: contrario a lo que pueda parecer, creo que es algo muy bueno. El saberme mortal me permite ser consciente de que quiero vivir con intensidad, amar con intensidad, experimentar todo el repertorio de emociones que subyacen dentro del ser humano, conocer personas, repartir abrazos, dar y recibir amor, ver el cielo azul todos los días, perderme en canciones y poemas de gente que escarba en lo profundo de su ser solo para dejar salir el torrente de emociones que se encajan cual espinas en sus gargantas y en sus corazones.

El pensar en mi muerte me permite pensar en mi vida y tratar de navegar en las aguas de la incertidumbre a bordo de una balsa con nada más que una vela y un timón, que trato de sostener y dirigir a donde sea que el viento me lleve.

Pienso en mi muerte constantemente, y eso me hace amar más la vida cada día que pasa.

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